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martes, 27 de junio de 2017

Hallan un graffiti en la tumba de Ramses IV

En el marco de las investigaciones en la tumba del faraón Ramsés VI, un equipo de arqueólogos polacos ha descubierto unas inscripciones de antiguos visitantes en este sepulcro. Desde los tiempos antiguos se cree que este lugar también alberga los restos de uno de los héroe de la Guerra de Troya, Memnón, razón por la cual el sepulcro también fue considerado como un destino de peregrinaje. El nuevo hallazgo reveló un detalle curioso: las inscripciones de los antiguos “turistas” no son muy diferentes a las que realizan los visitantes actuales en sitios arqueológicos alrededor del mundo. Por ejemplo, no fue difícil encontrar inscripciones del tipo: “Fulano estuvo aquí”. La noticia del descubrimiento fue compartida en el portal Science and Scholarship in Poland.

Ramsés VI fue un faraón de la XX Dinastía, la cual forma parte de las dinastías agrupadas como Reino Nuevo. Su reino transcurrió entre los años 1145 y 1137 A.C. y, al igual que otros faraones de las dinastías del XVIII al XX, Ramsés VI fue enterrado en el Valle de los Reyes.

El propósito de la investigación actual fue estudiar las inscripciones de los antiguos visitantes de la tumba de Ramsés VI. En las paredes del sepulcro, a lo largo de 100 m, los arqueólogos descubrieron más de mil inscripciones, la mayoría de las cuales fueron hecha con objetos punzantes y, en menor medida, con tinta roja. Asimismo, la mayoría de las escrituras fueron hechas en tiempos greco-romanos, hasta el s. IV D.C. Sin embargo, también se hallaron inscripciones en latín y otras lenguas.

Las inscripciones más frecuentes fueron equivalentes a las que realizan los turistas actuales: “Aquí estuvo fulano de tal”, así como referencias a los lugares de nacimiento u ocupación de los visitantes. También se encontraron escritos más largos, como poemas, y tampoco faltaron las “recomendaciones” al más fiel estilo del portal TripAdvisor: “Yo estuve aquí y no me gustó nada, salvo el sarcófago”, “No se leer jeroglíficos”, “¡Me gusta!”.

Una de las inscripciones tenía incluso una "conversación" a modo de un foro de internet: una persona escribió que le gustó el sepulcro y que sí pudo leer los jeroglíficos en los muros; entonces, alguien más añadió: “No puedo leer esa escritura”; y un tercer mensaje le responde: “No entiendo por qué te preocupa eso”.

Al analizar los nombre y lugares de origen de los visitantes, los arqueólogos dedujeron que a la tumba del faraón llegaron visitantes egipcios y de otros países cercanos. Entre ellos hubo médicos y filósofos cínicos y platónicos. “La tumba fue visitada por personas de alto estatus social, como los prefectos de Roma en Egipto, enviados por los emperadores, y también dirigentes de otras partes del país”, señala el director de la investigación, el profesor Adam Łukaszewicz de la Universidad de Varsovia.

Entre los visitantes ilustres se encuentra el jefe militar Amr ibn al-As, conquistador árabe de Egipto del s. VII. Su inscripció es una de las más extensas, con 25 cm de largo.

Los arqueólogos también señalan que los visitantes tuvieron cuidado de escribir sin dañar los murales. “Algunas de sus inscripciones eran ‘inteligentes’. Por ejemplo, escribían sus nombres dentro de los dibujos del Sol, el símbolo de uno de los dioses egipcios”, dice Łukaszewicz.

Hallan una mini Pompeya en Roma

Una "mini-Pompeya" acaba de ser descubierta durante las obras para abrir una nueva línea de metro en Roma, según informaron hoy las autoridades de patrimonio arqueológico.

Se trata de los restos de una vivienda de los siglos II a III después de Cristo, que presuntamente quedó destrozada por un incendio. Entre otros, resulta excepcional en la capital italiana que se haya conservado el entramado del tejado carbonizado.

Estos restos fueron encontrados durante la excavación para el nuevo Metro de Roma, y que han bautizado como una “pequeña Pompeya” en el centro de Roma. (AP)

El hallazgo se sitúa cerca de la Basílica Laterana. Entre los restos se encontró también el esqueleto de un perro que se había acurrucado junto a una puerta y probablemente quedó cercado por el fuego. Además, se descubrieron un mosaico y restos de muebles.

Descubren nuevos tesoros arqueológicos en el yacimiento de O Grove

Que el yacimiento arqueológico de Adro Vello es uno de los más importantes de Galicia, a pesar de que las excavaciones realizadas hace tres años no han tenido continuidad en el tiempo, era un secreto a voces. Pero ahora, además, la comunidad científica incide en la trascendencia de este espacio situado en la playa de O Carreiro (O Grove) y resalta la necesidad de ampliar la investigación.

Los expertos de las universidades de Vigo y Santiago desplazados a la zona han descubierto importantes "tesoros", los cuales darán a conocer el viernes en una rueda de prensa a ofrecer en la ciudad olívica. Pero puede avanzarse ya que se trata de hallazgos sumamente importantes para entender mejor la historia de este espacio y, por extensión, para conocer las raíces de la península meca y de Galicia.

Hay que recordar que los investigadores, capitaneados por el doctor en Arqueología Adolfo Fernández, llegaron a la zona la semana pasada para avanzar en un proyecto de ámbito europeo con el que se buscan los orígenes de la industria de la salazón en el litoral gallego.

Pero no solo se centraron en examinar la huella de los romanos en lo que a industrialización de la actividad pesquera se refiere, sino que las excavaciones realizadas fueron aprovechadas para investigar sobre los restos óseos existentes en la necrópolis y tratar de conocer un poco mejor los orígenes y evolución de este enclave.

Entre hoy y mañana se procede a tapar lo que se destapó en las últimas jornadas, ya que se trata de un proyecto específico, como se explicaba anteriormente centrado en la industria transformadora del pescado.

Pero aún así esta pequeña intervención ha sido suficiente para descubrir parte de ese tesoro que sigue enterrado en Adro Vello, de ahí que los investigadores y el propio Concello de O Grove insistan en pedir ayuda para retomar las excavaciones y avanzar hacia la musealización del entorno, desde el convencimiento de que goza de enorme interés cultural y puede ser también un excelente recurso turístico.

El propio Adolfo Fernández daba cuenta ayer de la significación de los últimos descubrimientos, y no solo resalta que los objetivos marcados con el proyecto que dirige se han alcanzado plenamente, sino que apostilla que "han aparecido numerosos esqueletos humanos" y otros elementos de interés.

"Hemos procedido a registrar la parte de la fábrica de salazón que está encima de las tumbas, pues hemos conseguido descubrir todos los muros de esa fábrica, identificamos bien los límites y sacamos mucho muestreo de Carbono 14 para intentar entender el yacimiento", manifiesta el doctor.

La conclusión a la que llega Adolfo Fernández es que este trabajo, aunque breve y centrado en la industria salazonera, "sirve para constatar la importancia de Adro Vello y para deducir que es un yacimiento que no está perdido, ni mucho menos". A su juicio, este espacio "todavía tiene información que ofrecer y se le puede sacar todavía mucho partido" con una correcta intervención.
Fuente: farodevigo.es

Descubren un yacimiento arqueológico en Belgrano

Restos de utensilios fueron encontrados en un pozo donde funcionó la primera capilla de la zona, el oratorio de La Calera. Los primeros monjes franciscanos que vivieron en Belgrano utilizaban platos y fuentes de loza inglesa, porcelana oriental, ollas de terracota europeas, vasos labrados, copas de cristal y botellas cuadradas de bebidas alcohólicas. Esto permite inferir que los frailes usaban a diario objetos similares a los de las clases altas de la sociedad colonial y virreinal del siglo XVIII. Se trata del sitio arqueológico más antiguo de la Comuna 13. 

  Según reveló a La Nación el equipo del Centro de Interpretación Arqueológica y Paleontológica de Buenos Aires, la información sobre las prácticas de consumo de los sacerdotes proviene del desecho de objetos de su vida cotidiana. Los elementos fueron arrojados a un pozo ciego en la actual barranca que da sobre la calle La Pampa, a unos 20 metros de la intersección con Arribeños. Allí se situaban su capilla y una construcción anexa. "El hoyo nos habla sobre la existencia de materiales pertenecientes a habitantes con alto poder adquisitivo. De acuerdo con la información recabada, las familias pudientes les donaban vajilla y otras pertenencias de uso diario", explicaron los investigadores.

  En excavaciones realizadas a dos metros bajo tierra, el equipo recolectó cuentas de collares, el asa de un misal roto, una hebilla de cinturón o de zapato, botones de hueso, una botija o pirulera -propia del comercio de aceite y otros productos de la época-, un florero de posible uso de culto, un portavela, un orinal de cerámica esmaltada a mano y espejos de vidrio. Los objetos más pequeños fueron recuperados a partir de la aplicación de técnicas de tamizado de tierra y de flotación.

  Entre la vajilla, pueden distinguirse piezas de mayólica española y francesa, lozas inglesas del tipo Creamware y otras pintadas a mano, y cerámicas vidriadas propias de la última parte del siglo XVIII. También se aprecia gran cantidad de porcelana oriental, que constituía un producto exclusivo, prácticamente de lujo. 

  El oratorio de La Calera era un edificio de 1726; se denominaba de ese modo porque los monjes tenían a su cargo la extracción de rocas con conchillas utilizadas para la obtención de cal. "Las conchillas de moluscos fueron producto de una ingresión marina llamada belgranense, que ocurrió en Buenos Aires hace unos 100.000 años", explicó a La Nación el paleontólogo Horacio Padula. Los frailes permanecieron allí hasta 1825.

  En el mismo hoyo arrojaron a lo largo de los años restos de sus alimentos. Era habitual que una vez que los pozos ciegos se dejaban de utilizar se desecharan allí desde objetos rotos hasta remanentes de comida. Para el zooarqueólogo Mario Silveira, "se puede afirmar que los franciscanos se alimentaban principalmente de peces, aves y mamíferos como ovejas y vacas, entre otros animales".

  El sitio arqueológico fue descubierto en diciembre pasado, momento en que los expertos aprovecharon la remoción de tierra realizada durante los trabajos de puesta en valor de las Barrancas de Belgrano. Mientras ejecutaban una prospección superficial sobre la calle La Pampa, les llamó la atención la presencia de ladrillos de grandes dimensiones entre la vegetación. Luego se confirmó que se trataba de una estructura oval perteneciente a un antiguo pozo asociado espacialmente a la antigua capilla. Una vez despejado el césped que lo cubría y extraídas las primeras capas de sedimento de su interior, comenzó a irrumpir un conjunto amplio, diverso y bien conservado de materiales culturales de fines del siglo XVIII que pertenecerían al oratorio de La Calera, también llamado iglesia de San Francisco.

  Ricardo Orsini, miembro del equipo, recordó a La Nación que llegaron por primera vez al lugar "luego de analizar diferentes estudios documentales y fotográficos que permitían no sólo conocer acerca de la presencia franciscana, sino además ubicar el punto aproximado en donde se levantó durante más de un siglo la capilla. Una intervención de tipo arqueológico constituía una línea de estudio sobre la vida cotidiana de los diferentes grupos eclesiásticos que se asentaron allí a lo largo de los años".

  Los franciscanos se instalaron en las barrancas luego de que Juan Espinosa les cedió su chacra para la construcción de su parroquia y la explotación de la cal. Sin embargo, en 1774, la nieta de Espinosa les exigió que devolvieran las tierras, una casa contigua a la iglesia y el horno. Aparentemente les habían cedido las tierras con la condición de que sólo fabricaran cal para ser utilizada en su propia capilla y en la de San Francisco de San Telmo, pero los monjes habrían vendido a privados y a otras iglesias.

  Un año después, la propiedad había cambiado de manos y el entonces responsable, Javier Hornos, les donó nuevamente el edificio original, no así las tierras. En 1775 se instalaron otra vez en La Calera, hasta 1825, cuando vendieron el edificio. En ese lugar se asentó la iglesia de la Inmaculada Concepción de Belgrano, tras la caída de Juan Manuel de Rosas y la creación del pueblo de Belgrano; esta capilla luego se trasladó a la calle Vuelta de Obligado, donde está la actual Redonda.

  A diferencia de otros puntos arqueológicos de Buenos Aires, en los cuales el avance urbano impidió la preservación, en este caso la conservación del antiguo paseo de las Barrancas de Belgrano permitió que subsistiera esta estructura bajo el parque. Los expertos pretenden seguir interviniendo el pozo con el objetivo de continuar las investigaciones tendientes a ubicar los cimientos del edificio de la orden seguidora de San Francisco de Asís en la Argentina.

  Los trabajos están a cargo del Centro de Interpretación Arqueológica y Paleontológica de Buenos Aires, dependiente de la Gerencia Operativa de Patrimonio de la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico porteña, con la colaboración de profesionales del Centro de Arqueología Urbana (FADU-UBA) y en coordinación con la Comuna 13.   

Encuentran el fósil de un joven elefante prehistórico en Villabermudo de Ojeda, Palencia

Según los primeros datos podría tener entre 750.000 y 10.000 años de antigüedad y es un antepasado lejano del elefante actual

La Unidad de Arqueología de IE Universidad, en el campus de Segovia, comenzó los trabajos estudio de los restos de marfil fósil de un joven elefante prehistórico, posiblemente del género ‘Elephas’, hallado en las obras de acondicionamiento de una terraza fluvial del río Bujero, en Villabermudo de Ojeda (Palencia). El animal pudo habitar en estas zona durante el periodo cuaternario.

sábado, 24 de junio de 2017

Los vikingos hacían su cerveza con piedras

Parecen omnipresentes en las granjas vikingas y medievales del centro de Noruega. Aparecen a montones, depositadas en espesos y compactos niveles, pequeñas piedras fracturadas por la acción del fuego. Pero durante años no se les prestó excesiva atención. La investigación del arqueólogo Geir Grønnesby le ha llevado a una curiosa conclusión, se trata de piedras utilizadas para la fabricación de cerveza. Esta bebida tenía una gran importancia tanto social como religiosa en el periodo en que las piedras aparecen con gran abundancia, entre el 600 y el 1500 a.C. A partir de esta fecha, casualmente o no coincidente con la Reforma religiosa que afectó a toda Europa, las piedras cerveceras desaparecen del registro arqueológico. Estos basureros cuentan una curiosa historia que afortunadamente ha sido identificada y a partir de ahora será mejor conocida.

Momias y banqueros en el Madrid de los años 20

Como invitado a fiestas aristocráticas o autor de obras eruditas, su nombre puebla los periódicos de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera. No es un extraño en el Madrid de la época, donde, primogénito de una rica familia, con el peso de la saga a cuestas, dedica sus esfuerzos al mecenazgo y a presentarse como animador cultural. Ignacio Bauer y Landauer es moreno, luce ojos negros y un bigote notable; físicamente recuerda a sus antepasados, pero no posee ni su talento ni su olfato para los negocios. Su familia, de judíos húngaros, llega a España a mediados del siglo XIX, encargada de gestionar los intereses de la banca Rothschild en nuestro país: el palacio de la Alameda de Osuna, el de la calle San Bernardo, 53, o la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante, junto a una colección de arte con cuadros de Goya y Mengs, forman parte de sus posesiones más preciadas. Toda una herencia que, en 1931, se esfuma de golpe.

«Ignacio es un hombre muy manirroto y un rico heredero», resume Miguel Ángel López Morell, autor del libro «La Casa Rothschild en España (1912-1941)». «Los Bauer dominan la banca privada madrileña durante casi cien años. Él se dedica a su obra cultural y cuando se mete en el negocio es un desastre y se lleva por delante todo el patrimonio familiar, comprando las grandes editoriales», añade el también profesor universitario. La Compañía Ibero-Americana de Publicaciones tiene la culpa. Creada en 1926, la editorial, un proyecto ambicioso, se convierte «en su día la mayor de España, en la que están Rubén Darío o los hermanos Machado». Las deudas acumuladas por culpa del coleccionismo, el crack del 29 y una mala gestión se alían para arruinarla; una debacle con la que desaparece la fortuna de la saga y su popularidad. Sin embargo, una de sus aportaciones, la más brillante, perdura: la donación, en 1925, de la momia de Nespamedu al Museo Arqueológico Nacional.

A diferencia del Reino Unido, Francia o Alemania, la egiptología tarda décadas en asentarse como una disciplina que disfrute de promoción y reconocimiento en España. Su auge, durante los años 20, es fugaz, y se liga a uno de los hallazgos más míticos, comentados y explotados de la historia de la arqueología: la tumba de Tutankamón, faraón de la dinastía XVIII, descubierta intacta por el británico Howard Carter en 1922. Una de las estancias del arqueólogo en Madrid, en 1924, enciende esa pasión por el país de las pirámides: «Míster Carter, ¿qué sentimiento predominó en usted al penetrar en la cámara sepulcral?», le pregunta Javier Villaseca, periodista de ABC, durante su visita. En su respuesta vibra la emoción: «Ningún otro monumento funerario me había hecho experimentar con tanta solemnidad el sentimiento del sueño de la muerte».

¿Es la repentina popularidad de la egiptología la que empuja a Ignacio Bauer a comprar una momia? ¿Asiste el heredero a las charlas que el arqueólogo ofrece en España, estudiadas en la obra «Tutankhamón en España. Howard Carter, el duque de Alba y las Conferencias de Madrid» (Fundación José Manuel Lara, 2017)? Difícil saberlo, pero cabe imaginar que Ignacio, el hombre elegido para presidir la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria en 1925, está al tanto de la actualidad cultural de su ciudad, y lo suficientemente bien relacionado como para hacer una adquisición de ese tipo; de hecho, como cuenta un artículo de ABC de julio de 1926, Bauer, en una fiesta celebrada en su palacio de la Alameda de Osuna, se codea «con el señor Hassan Nachat Pachá», embajador de Egipto en España.

«Mi querido amigo, tengo el gusto de comunicarle que han llegado a Barcelona, el V. López [Vapor López y López], las dos cajas de antigüedades, adquiridas por mí en el Museo de El Cairo, con destino a nuestro museo nacional». Esa es la carta que Ignacio Bauer dirige al director del Museo Arqueológico Nacional, Don José Ramón Mélida, el 19 de mayo de 1925. El drama burocrático acaba de empezar. Durante cinco meses, Mélida intercambia cartas con el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con la casa de transporte internacional V. Bertrand, con sede en Barcelona, y con el Marqués de Camarena, director de Aduanas, para lograr que las piezas arqueológicas lleguen a Madrid. El 10 de julio, ruega: «...para que lleguen en perfecto estado esas antigüedades, no sean removidas de sus embalajes, haga Vd. el favor de disponer que dichas dos cajas no sean abiertas en Barcelona, sino que convenientemente precintadas sean expedidas directamente a este Museo...».

Mélida no lo consigue. El 3 de septiembre de 1925, con las piezas al fin en sus manos, escribe lamentando el «considerable deterioro de una mascarilla de cera», sin duda causada por culpa del sol. En esa misma carta, describe el material recibido: «...[una momia] humana de una dama cuyo cuerpo se conserva fajado y revestido de cartonaje dorado con figuras y símbolos». Error. Como se sabe hoy en día, Nespademu fue un sacerdote egipcio del periodo Ptolemaico (s. IV-I a.C.), y no una mujer. Un lío causado por las condiciones de la adquisición; Bauer no obtiene la pieza gracias a una excavación, sino comprándola en el mercado de antigüedades; imposible, por tanto, conocer sus orígenes o el contexto de su hallazgo. Por suerte, un reciente estudio conjunto del Museo Arqueológico Nacional y del Hospital Universitario Quirónsalud ha permitido conocer más datos sobre su identidad.
Bauer, sin embargo, permanece en el olvido. Tras la quiebra, los artículos con su nombre se vuelven más puntuales, discretos: en 1934, participa en una iniciativa para conmemorar el VIII centenario del nacimiento de Maimónides en Córdoba; en 1949, se une a la junta de la Asociación de Amigos de Bécquer; ese mismo año, inaugura una sinagoga en la calle Cardenal Cisneros de Madrid. En noviembre de 1961, ABC publica su necrológica: «Un nombre que nada dirá a los jóvenes. En su retiro de Basilea ha muerto D. Ignacio Bauer, académico de la Real de Jurisprudencia y Legislación y correspondiente de las de Historia y de San Fernando, fundador de la Sociedad Española de Antropología y alma, con Amezúa, de los Bibliófilos Españoles, erudito ejemplar y escritor de talento [...] dicho sea en rápido repaso a la ingente actividad en mala hora cortada al arruinarse la Banca del patricio que hoy desaparece».

Fuente: abc.es