Buscar este blog

Cargando...

lunes, 2 de enero de 2017

Reproducen en 3D el segundo barco íbero localizado en el Cap de Creus

Antes de cubrir de arena sus restos para evitar expolios y dejarlos reposar en el fondo del mar, los arqueólogos han hecho cientos de fotografías del segundo barco íbero localizado en el Cap de Creus para reconstruir lo que queda de él en 3D. El resultado es una imagen interactiva que permite ver en detalle este yacimiento. La nave, del siglo I aC, que hacía entre 9 y 10 metros de eslora, naufragó tras chocar contra unos arrecifes. A bordo iban dos tripulantes y llevaba un cargamento de entre 150 y 200 ánforas de vino. Este 2016, el Centro de Arqueología Subacuática de Catalunya (CASC) ha hecho la segunda y última campaña de excavación del pecio, bautizado como Cala Cativa I. Se han podido documentar 25 cuadernas ligadas con cuerdas, características de la técnica naval de los íberos.

El resultado de los trabajos arqueológicos se podrá ver en una exposición. Se inaugurará el 30 de marzo del próximo año, en la sede del Museo de Arqueología de Catalunya (MAC) de Barcelona. La muestra llevará por título Navegants d’Aiguamolls y versará sobre la arquitectura y la técnica naval de los íberos, aprendida a partir del estudio del Cap de Vol y el Cala Cativa I.

Del Cala Cativa I hacía más de 120 años que se conocía su existencia, pero las técnicas del siglo XIX no permitieron descubrir el tesoro que esconden los restos. Se trata de una técnica constructiva que se distancia de la de los romanos y que, como subraya el director del CASC, Gustau Vivar, “es claramente característica de los indígenas locales de la época”. Las primeras ánforas, extraídas por coraleros Quien descubrió el barco fue un prohombre del Port de la Selva, Romualdo Alfaràs, que en 1894 contrató unos coraleros de la zona y llegó a extraer un centenar de ánforas del fondo marino. Alfaràs las dio a un museo, pero cuando quiso sacar más a la superficie topó con los impedimentos del Estado. Hace cinco años, el CASC hizo una primera inspección en esta parte del subsuelo marino y relocalizó los restos de la nave. El hallazgo fue casi simultáneo al estudio del pecio del Cap de Vol, también hundido en el Cap de Creus, y que permitió documentar, por primera vez en la Península, la arquitectura naval de los iberos. Del Cap de Vol al Cala Cativa I El año pasado, con la ayuda del submarino Ictineu, se exploraron los restos del Cala Cativa I, situados a unos 30 metros de profundidad. Ya entonces, los arqueólogos concluyeron que se encontraban ante el segundo exponente de arquitectura naval ibera. Según concreta Vivar, a diferencia de los buques romanos, en este caso las cuadernas se ataban con cuerdas. Además, otra característica que se escapa de la tradición romana es el hecho de que la quilla era totalmente plana; en aquella época, la costa estaba formada por marismas, y estos barcos se diseñaban específicamente para navegar. “El Cala Cativa I era un barco muy pequeño, adaptado para hacer navegaciones de entre tres o cuatro días”, concreta Vivar. Y añade: “Precisamente, sus dimensiones y el hecho de que creemos que no venía de otro lugar refuerzan la conclusión de que se trata de una nave hecha con técnicas navales indígenas”, subraya Gustau Vivar.

La imagen en 3D del yacimiento Cala Cativa I, que permite ver la extensión y los restos que se conservan. (ACN / CASC) Este 2016, la segunda y última campaña en el Cala Cativa I ha permitido sacar a la luz incógnitas que aún se cernían sobre el barco. De la nave se conservan 7 metros de la carcasa del casco, aunque el barco hacía entre 9 y 10 de eslora. Lo que falta no ha sobrevivido al paso de los siglos. Los arqueólogos han destapado la mitad de los restos (el año pasado, estudiaron la otra) y han descubierto que, en el momento de naufragar, en la nave había dos tripulantes. “Esto lo sabemos porque hemos encontrado trozos de objetos de su vida cotidiana, como platos y ollas”, precisa Gustau Vivar. Gracias a estos objetos, los arqueólogos también han datado con precisión el hundimiento: a mediados del siglo I aC. Además, esta última excavación también ha permitido saber por qué se hundió la nave. “El barco se estrelló contra unas piedras y se le abrió una vía de agua importante”, concreta el director del CASC. “Pero cuando naufragó no se desmembró, porque eso habría hecho que las ánforas quedaran repartidas por el fondo del mar”, añade. Más cargamento del que se sospechaba Inicialmente, basándose en las que se habían extraído del agua a finales del siglo XIX, los arqueólogos creían que el Cala Cativa I llevaba un cargamento de 100 ánforas de vino. Procedían de la zona del Baix Llobregat y, seguramente, su destino final era Narbona. Ahora, sin embargo, el director del CASC subraya que probablemente la nave llevaba más carga: entre 150 y 200 ánforas. Por un lado, porque al lado del pecio se han localizado diferentes fragmentos. Y, por el otro, porque mediante un estudio los arqueólogos han visto que estos barcos podían llevar hasta 40 ánforas en 1 metro lineal de buque. “Lo más seguro es que fuese cargado, por tanto, podemos afirmar que al menos llevaba 100 ánforas, que son las que se extrajeron del fondo; pero además nosotros creemos que la carga era mayor y llegaba hasta las 200”, precisa el director del CASC. Vivar confía en que este barco y el otro que se descubrió, el de Cap de Vol, no serán los únicos yacimientos de la época que se esconden bajo las aguas del Cap de Creus. En los próximos años, si las partidas presupuestarias lo permiten, podría haber nuevos hallazgos.

Los logros arqueológicos entre China y Egipto

El Año Cultural China-Egipto 2016 terminó exitosamente con cerca de 150 actividades culturales de toda clase en ambos países, lo cual representa un gran avance. En enero de 2016, el Ministerio de Cultura de Egipto y la embajada china en El Cairo pusieron en marcha el Año Cultural China-Egipto con motivo del 60º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas. Después de elevar las relaciones entre los dos países a una "asociación estratégica integral", el año cultural dio impulso a los lazos amistosos y amplió el entendimiento mutuo y el futuro desarrollo entre los pueblos de los dos países, cuyas relaciones tienen profundas raíces en la historia. En realidad, celebrar 2016 como año cultural fue fruto de un acuerdo entre el presidente de China, Xi Jinping, y su homólogo egipcio, Abdel-Fattah al-Sisi, durante su reunión en Beijing en diciembre de 2014. Para subrayar su importancia, a la ceremonia de inauguración del año cultural asistieron Xi y Sisi en la antigua ciudad de Luxor en enero de 2016 y los dos líderes prometieron impulsar los intercambios culturales y entre personas. Durante la ceremonia de inauguración, más de 200 artistas de élite de ambos países entablaron un diálogo cultural enraizado en sus antiguas civilizaciones. "Logramos 'nuevas alturas' en este año cultural por la calidad y la cantidad de las actividades culturales celebradas", dijo Chen Dongyun, directora del Centro Cultural Chino y asesora cultural de la embajada china en El Cairo. "El espectáculo en Luxor fue un gran éxito que reflejó el nuevo espíritu de las dos civilizaciones antiguas en esta nueva etapa", enfatizó la asesora, en referencia al espectáculo de inauguración del año cultural. Chen dijo que otras actividades también hicieron que los egipcios conocieran más sobre China, no sólo como potencia económica, sino también como potencia cultural. La asesora añadió que nuevos medios, como las redes sociales, son utilizados para transmitir información de las actividades culturales y como herramienta para conversar con los cibernautas egipcios. Chen también reveló que se realizaron más de 90 eventos culturales durante el Año Cultural de Egipto, un destacado aumento en comparación con el promedio de actividades chinas realizadas en Egipto en los últimos años. Además del intercambio mutuo de cultura y arte, el año cultural también se concentró en la cooperación en turismo, deporte, cine, patrimonio e incluso arqueología. En una reciente entrevista, el ministro de Antigüedades de Egipto, Khaled al-Anany dijo a Xinhua que los arqueólogos chinos están muy interesados en iniciar excavaciones en su país con tesoros arqueológicos. Al-Anany, quien realizó una visita oficial a China el mes pasado, dijo que museos egipcios y de Shanghai firmaron un memorando de entendimiento sobre cooperación cultural a inicios de este año, quien añadió que una delegación egipcia viajará pronto a China para discutir la cooperación mutua con sus homólogos chinos. En otra entrevista, el director del Centro Nacional de Traducción de Egipto (CNT), Anwar Moghith, dijo que el año cultural es una gran oportunidad para conocer más de la cultura china y lo describió como "una puerta la cultura china". El director dijo que el CNT tradujo recientemente 20 libros del chino al árabe y otros 20 chinos de idiomas europeos al árabe. Una de las más destacadas características del año cultural fue nombrar a China como invitado de honor del 38º Festival Internacional de Cine de El Cairo realizado en noviembre. Chen añadió que el año cultural sentó las bases para la asociación entre sinólogos y traductores del mundo árabe en El Cairo, la cual busca recabar y apoyar la sinología y la traducción chino-árabe en Egipto y Medio Oriente. El Año Cultural China-Egipto terminará con una gran ceremonia de clausura que se realizará el 7 de enero en China.

Recuperan la iglesia de Santa Leocadia en Borleña

Ante la incertidumbre que se cernía sobre la conservación de la ruina de la iglesia y del cementerio aledaño, ubicados en el paraje de Panzal, un privilegiado enclave natural entre las localidades torancesas de Borleña y Salcedillo, la asociación 'Santa Leocadia: cultura, memoria y territorio', selló el pasado 29 de julio un convenio de colaboración con el Instituto de Prehistoria y Arqueología Sautuola que dirige el catedrático de historia y arqueólogo Ramón Bohigas Roldán. Dos años antes, el mencionado colectivo había obtenido la cesión del edificio con fines culturales y artísticos por un período de cinco años, tras firmar en julio de 2014 un convenio con la Diócesis y Obispado de Cantabria y Mena.

El proyecto de intervención y recuperación que se viene desarrollando en la iglesia de Santa Leocadia se articula en dos fases. La primera contemplaba una actuación arqueológica; una vez concluida ésta se procedió a la consolidación arquitectónica de las zonas más sensibles de la ruina, con el ánimo de garantizar su pervivencia en el tiempo y la seguridad de los eventuales visitantes. El Instituto Sautuola, además de haber adquirido la responsabilidad de la dirección técnica de la intervención arqueológica, ha comprometido una aportación económica para contribuir a la viabilidad efectiva del proyecto, proveniente de la subvención que recibe del Gobierno de Cantabria, a través de la Dirección General de Cultura.

Con estas premisas y contando con el preceptivo permiso de actuación arqueológica para Santa Leocadia, se dio inicio a los trabajos en septiembre. Desde ese momento, la colaboración altruista de los miembros del Instituto Sautuola, además del concurso inestimable de especialistas en la disciplina y colaboradores, han confluido para que la iglesia de Santa Leocadia, según avanzaba la intervención sobre el terreno, desvelara su azarosa historia. «Historia que nos habla de reformas y modificaciones sustanciales del edificio original en su evolución histórica, pero, a su vez, de los efectos destructivos que el irreverente paso del tiempo, la incuria y el expolio han ocasionado hasta convertir en silenciosa y resignada ruina la que en otro tiempo fue una entidad religiosa de referencia en el valle de Toranzo», explica Bohigas.

De inciertos orígenes, posiblemente en los siglos XIV o XV, la fábrica actual conserva elementos de un románico rural, muy esencial y austero, en un momento de paulatina implantación de la estética gótica, a la que la iglesia de Santa Leocadia no es ajena. Presenta nave única y testero de planta cuadrangular al que se accede a través de un arco triunfal apuntado. En el hastial oeste se abre, en modesto arimez o resalte, la puerta de acceso concebida en arco de medio punto de amplio dovelaje y chambrana moldurada sin decorar. Coronando este paramento se alza la espadaña, de doble tronera con arcos que muestran un leve apuntamiento. Adosado al muro del mediodía se conservan, muy arruinados, los restos de un soportal de factura constructiva similar a la del resto del edificio. El interés de los arqueólogos del Instituto Sautuola se ha centrado en el seguimiento meticuloso de las remociones de tierra contempladas en el proyecto, que, acorde al plan de actuación previsto, se vienen sucediendo en toda la superficie de la planta eclesial, con el ánimo de acceder a los niveles fundacionales; es decir, a los pavimentos o suelos de uso relacionados con el culto pretérito de la parroquia de Borleña. La cadencia de los trabajos ha permitido la conclusión de esta primera fase de intervención en Santa Leocadia en la primera mitad de noviembre. «El Instituto Sautuola seguirá colaborando en el futuro en la intervención directa, la recuperación, preservación y divulgación del patrimonio arquitectónico que languidece abandonado a su suerte. Así, próximamente canalizaremos nuestros recursos humanos y materiales hacia la iglesia de San Julián de Liendo, necesitada también de una pronta y eficaz intervención para paliar y contener su creciente deterioro», avanza el doctor Bohigas.

Fuente: eldiariomintanes.es

martes, 27 de diciembre de 2016

Nuevas tumbas faraónicas podrían ser descubiertas en Egipto

Arqueólogos de la Universidad de Birmingham, han descubierto un muro ubicado en Qubbet el Hawa, también conocido como el Valle de los Príncipes, en el cual se podría presagiar el hallazgo de tumbas faraónicas. El portal web Russia Today (RT), reseña a través de un artículo especial, que los científicos explicaron cómo este descubrimiento puede ser una prueba convincente de nuevas tumbas en Asuán. Se cree que el muro descubierto estaba destinado a proteger tumbas, en las que estarían las de Harkhuf y Heqaib, gobernadores de la isla Elefantina durante el Imperio Antiguo de Egipto. Según los arqueólogos de este proyecto, el muro de contención habría servido para estabilizar la ladera de una colina que supuestamente acogería la serie de tumbas dentro de su perímetro. Nasr Salama, Director General de las Antigüedades de Asuán y Nubia, catalogó de impresionante este descubrimiento, y expresó que “ahora es sólo cuestión de tiempo hasta que se descubran nuevas tumbas dentro de esta importante necrópolis”.

Documentan cultivos de hace 3.800 años en Canadá

Muchas veces, la misma lógica nos impulsa a creer que ciertas prácticas humanas hunden sus raíces en la antigüedad, aunque las evidencias arqueológicas puedan ser esquivas. Este era el caso de las prácticas de los aborígenes canadienses para mejorar el crecimiento y la recolección de plantas, aunque ahora algunas de ellas cuentan ya con datos para una cronología absoluta. Se ha documentado en un yacimiento de cazadores-recolectores de la Columbia Británica, un humedal con evidencias de intervención humana para mejorar el crecimiento y facilitar la recolección de un tubérculo acuático denominado wapato, similar a la patata. Las excavaciones han revelado que estas prácticas ya se llevaban a cabo al menos hace 3.800 años, indicando una vez más que la importancia de los vegetales en la dieta de los cazadores-recolectores era bastante mayor de lo que se ha creído durante largo tiempo.

Descubren arte rupestre de 5 mil años en Egipto

La pieza de arte rupestre en la que se puede ver a un recién nacido entre sus padres y dos animales, se asemeja a un nacimiento navideño, y es un dibujo que aparece mucho antes de le edad cristiana temprana. La escena, pintada en ocre marrón rojizo, fue hallada en el techo de una pequeña cavidad del desierto egipcio del Sahara, durante una expedición a sitios entre el valle del río Nilo y la meseta de Gilf Kebir. "Es una escena muy evocadora que de hecho se asemeja a la natividad de Navidad, pero es anterior a unos 3 mil años", dijo el geólogo italiano y director del Museo de Ciencias Planetarias de Prato, Marco Morelli. Morelli resaltó que el descubrimiento posee implicaciones importantes porque plantea nuevas preguntas sobre la iconografía de uno de los símbolos cristianos más poderosos.

Tecnología forense al sercicio de un mamut

Un grupo de investigadores desvelan cómo el proboscídeo llegó a una región poco común. También explican desconcertante aparición de herramientas humanas cerca de los restos.

En una mañana de invierno de 2011, el pueblo de Santa Ana Tlacotenco —en la delegación Milpa Alta, Ciudad de México— despertó con la noticia de que uno de sus vecinos, el señor Hermilo Arellano Flores, impactó sus aperos de labranza contra el molar de un mamut. Este hecho convocó a expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y planteó una serie de incógnitas debido a las condiciones únicas en que se dio el hallazgo. “La pieza dental, aún adherida a la mandíbula, fue el primer indicio de que bajo tierra encontraríamos el 75 por ciento de los restos de un Mammuthus columbi. Uno de los aspectos más intrigantes fue el sitio de aparición, pues hasta entonces no había evidencia de que estos proboscídeos vagaran tan al sur de la Cuenca de México y menos a esa altura (dos mil 800 metros sobre el nivel del mar)”, expuso Agustín Ortiz Butrón, del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM.

Otra peculiaridad era que, a diferencia de casi todos los fósiles, éste no se preservó tras ser cubierto por sedimentos lacustres, sino al ser sepultado por ceniza volcánica, lo que por un lado propició que los huesos se fragilizaran —el material sustituyó al tejido esponjoso al interior del hueso—y, por el otro dio pie a hipótesis sobre cómo falleció este animal y qué hacía en las cumbres de una serranía.

TÉCNICAS ARQUEOLÓGICAS.

Aunque el descubrimiento se dio a finales de 2011, los encargados de rescatar la osamenta —Luis Barba Pingarrón y Ortiz Butrón, por parte del IIA, y Joaquín Arroyo Cabrales, del INAH— dedicaron el 2012 a realizar trámites ante el Consejo de Arqueología y la delegación Milpa Alta para obtener las autorizaciones necesarias. Hasta 2013 comenzaron a estudiar la zona con métodos geofísicos para determinar si había un ejemplar completo bajo la superficie o sólo su mandíbula y molares. “Con excepción del doctor Arroyo, nosotros no habíamos emprendido una empresa paleontológica y menos con megafauna, sino arqueológicas en sitios como Teotihuacán o el Tajín. Por ello, echamos mano de experiencias previas y adaptamos recursos de nuestra disciplina y de las ciencias de la Tierra para sacar estos huesos a la luz”, expuso Ortiz Butrón. Para los académicos, el replantear paradigmas los llevó —junto con el geofísico Jorge Blancas— a emplear técnicas de radar, magnéticas y eléctricas.

“Aplicamos dichos métodos a fin de “transparentar” el suelo y determinar dónde enfocarnos en vez de excavar al azar, como suele hacerse si algún hallazgo fortuito así lo determina”. Así, en una parcela de cultivo de 20 por 16 metros y una profundidad que iba de los 30 a los 150 centímetros —puesto que estaba enclavada en una pendiente— se delimitó una sección de cinco por cinco, donde una cuadrilla comandada por Ortiz Butrón y Arroyo Cabrales comenzó a retirar la osamenta: primero el cráneo y las defensas (“mal llamados colmillos, pues no se trata de dientes caninos, sino de incisivos”), luego las patas delanteras y costillas, y al final los cuartos traseros. “La excavación demoró casi tres meses. Como el mamut fue cubierto con cenizas, éstas nos dejaron una arenisca fácil de barrer, pero también hicieron que estos vestigios óseos se tornaran quebradizos y, sobre todo, que nos preguntáramos ¿cómo falleció este animal y por qué aquí, en lo alto de un cerro y en el fondo de una cañada?”.

MISTERIO RESUELTO

Como si fueran piezas de un rompecabezas, los científicos hallaron los restos del Mammuthus columbi en circunstancias que sugerían muchas preguntas, puesto que estaban más al sur y a mayor altura que cualquier otro mamut en la Cuenca de México, aparecieron envueltos por material volcánico, había herramientas de obsidiana y basalto a su lado y algunas costillas exhibían cortes de pedernal. “Gran parte de las respuestas las aportó nuestro equipo multidisciplinario, pues en esta labor nos apoyaron desde vulcanólogos y biólogos hasta químicos y geofísicos, quienes, desde sus disciplinas, ampliaron nuestra visión del asunto”, dijo Ortiz Butrón. Así establecimos que esta osamenta perteneció a un macho de 40 años —estos seres de cinco metros de altura y 10 toneladas vivían casi nueve décadas— y mediante análisis realizados en distintos laboratorios despejamos una incógnita: qué hacía este animal en lo alto de lo que hoy es la sierra del Chichinautzin, si las manadas de estas criaturas preferían estar en las márgenes del Lago de Texcoco. “El doctor Arroyo nos explicó que los mamuts (como los elefantes) eran gregarios, matriarcales y desterraban a los individuos masculinos que alcanzaban la madurez. Por ello nuestro ejemplar vagaba en solitario por los bosques del Pleistoceno, subsistiendo de malezas y pinos (como revelaron los estudios de polen e isótopos de estroncio). De hecho, tras examinar su dieta, supimos que este proboscídeo en particular deambulaba en un radio de 150 kilómetros respecto a donde lo hallamos (Puebla está a 132 km del sitio, para darnos una idea de cuánto caminaba); esto fue revelador en cuanto a sus hábitos”. Una vez determinado qué hacía en lo alto de un cerro, restaba saber cómo las cenizas se relacionaban con su muerte. “Lo más fácil era suponer que merodeaba por el sitio cuando se vio en medio de una erupción; sin embargo, el equipo de vulcanólogos del doctor Claus Siebe nos ayudaron a ver las fallas de esta suposición”. Los restos de cada eyección son como una huella digital, pues incluso las originadas en la misma zona no son iguales: cada una tiene una edad y formación distintas. Al examinar la capa donde yacía el mamut, se determinó que ésta provenía del volcán San Miguel y no del Popocatépetl, como se creyó inicialmente, y que el animal no pereció al verse atrapado por una explosión, ya que las cenizas que lo cubrían no eran primarias sino de arrastre, es decir, llegaron ahí por un alud. “Al revisar los huesos observamos una fractura en una pata delantera; ello fue clave para deducir qué pasó. Así supimos que el animal se precipitó en una depresión a la orilla de una cañada, se rompió una extremidad, murió y luego fue cubierto por un flujo de ceniza y agua proveniente de la parte alta del volcán San Miguel (a 800 metros por encima del enclave). El estudio de los sedimentos que rodearon a la criatura demostró que ésta fue sepultada casi de inmediato tras fallecer, pues descompuso dentro de esa matriz, como demuestra el hecho que el enriquecimiento de fosfatos, proteínas y ácidos grasos se haya mantenido en la zona del hallazgo por miles de años. Los análisis de fechamiento del suelo y de la dentina de un molar determinaron que este mamut pereció hace 19 mil años; ello planteó una pregunta desconcertante: ¿qué hacían ahí herramientas humanas y por qué algunas costillas tenían cortes de pedernal si el hombre llegó a la Cuenca de México hace apenas 13 mil años? Pese a lo inquietante de esta incógnita, los universitarios se detuvieron a analizar la historia del sitio y hallaron su respuesta: como hace 20 milenios la sierra del Chichinautzin estaba en formación, la zona registraba erupciones, movimientos de suelo y escurrimientos frecuentes, lo que desenterró parte del mamut. Así, cualquier grupo de humanos que pasara por ahí bien puedo aprovecharlos huesos recién al descubierto para construir herramientas; ello explica las huellas de corte y que dejaran ahí parte de sus implementos. “Como se puede ver, no fuimos los primeros en descubrir a este animal, se nos adelantaron hace miles de años, pero a partir de estas evidencias sí podemos decir que somos los primeros en esclarecer qué pasó con este animal y en qué circunstancias se dio su muerte”.

UNA ESTRELLA LOCAL

Uno de los aspectos que más llamó la atención de Ortiz Butrón fue lo popular que se hizo este fósil en Santa Ana Tlacotenco, al punto que la gente del pueblo mandó a estampar camisetas con imágenes de mamuts, comenzó a discutir la posibilidad de erigir un museo de sitio y muchos iban, casi a diario, a ver cómo avanzaba la excavación. “Al día recibíamos hasta 200 curiosos y no sólo vecinos del lugar, sino personas de otros estados y a estudiantes de kínder a universidad. Esta experiencia nos hizo aprender algo de pedagogía, pues nos obligó a explicar nuestro trabajo a gente de todas las edades. A veces nos preguntamos si alguno de los niños con los que charlamos se interesará por la paleontología o la arqueología, sólo el tiempo lo dirá”. Para Ortiz Butrón fue una satisfacción constatar que las técnicas geofísicas empleadas recurrentemente en la arqueología son útiles al ser aplicadas a escalas mayores de tiempo, pues sirven perfectamente para la paleontología. “Eso, junto con la experiencia de conjuntar un equipo interdisciplinario —que derivó en la publicación de un libro sobre el mamut y su contexto—, fue nuestro principal logro”.